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La filosofía en el gobierno “Primero la Gente”

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Juan Carlos Urango, director de Cobertura de la Secretaría de Educación Distrital.

Por Juan Carlos Urango Ospina (Director Cobertura Educativa de Cartagena) (Especial para Revista Zetta).- Dudé mucho para escribir esta opinión sobre los comentarios del alcalde de Cartagena, Manuel Vicente Duque, acerca de la Filosofía ya que me afecta por distintas razones. La primera, por mi sensibilidad y vocación: he sido un lector compulsivo desde niño; y, entre los textos que más he repetido, se encuentran los referentes universales de la Filosofía, desde Platón hasta Habermas; desde Aristóteles hasta Rorty.

La segunda, por mi formación profesional: soy egresado de la Universidad de Cartagena, del Programa de Lingüística y Literatura de la Facultad de Ciencias Humanas, la misma a la que está adscrito el Programa de Filosofía. En tal sentido, en mi formación no solo hay un alto componente filosófico, sino que también he tenido la feliz oportunidad de dialogar (o de compartir aulas y eventos) de manera constructiva y permanente con los docentes estudiantes y egresados de ese programa. La mayoría de ellos, mis amigos personales.

La tercera, porque como Director de Cobertura Educativa de Cartagena de Indias participé en la elaboración del Plan de Desarrollo “Primero la Gente”, y trabajo día a día en su implementación. En tal caso, soy testigo de la preocupación del Alcalde por construir una ciudadanía deliberante, y una ciudad en donde predomine la ética, el respeto a los derechos individuales y colectivos, la inclusión social y la solidaridad colectiva. De allí, de esa preocupación, surgió la denominación del programa educativo de su (nuestro) gobierno: “Cartagena, una sola escuela”. Un denominación que se sustenta en que la educación de los niños es una responsabilidad de todos, y cada ciudadano –por tanto- debe cumplir una labor educativa, entendiendo que el aula es solo uno de los múltiples espacios formativos de la sociedad.

Y la cuarta, porque Manolo Duque (y utilizo este apelativo para referirme al ser humano antes que al alcalde) ha sido un hombre sensible frente a los problemas sociales y a la oportunidad que merecen los jóvenes de Cartagena. Un hombre que, cuando recorrió con micrófono en mano los barrios más olvidados de la ciudad, se dio cuenta de que muchos de nuestros jóvenes consideran que no tienen esperanzas de vivir más allá de los treinta años. La miseria, las pandillas, las fronteras invisibles, la drogadicción, el microtráfico, la prostitución, la violación (o las violaciones: carnal, psicológica), la falta de empleo y la falta de una educación que los prepare para desempeñar ese empleo, en fin, se constituyen en unas limitaciones históricas para que nuestros jóvenes vislumbren un futuro promisorio.

Por eso, cuando el alcalde Manolo Duque se pregunta para qué les sirve la Filosofía a unos muchachos de nuestros barrios, plantea un cuestionamiento fundamental. No está negando el inmenso valor del saber filosófico, del cual él también se nutre como comunicador social, sino que formula una reorientación de su contenido en el aula de clases, de tal modo que los jóvenes (los de nuestros barrios, los de esta ciudad inequitativa, los desesperanzados) lo asuman como un saber que contribuya al desarrollo del ser humano, del pensamiento, la ética, los valores y la ciudadanía.

Nadie puede negarle al alcalde de Cartagena su derecho a expresar su punto de vista y el deber de pensar por los jóvenes de su ciudad. Su cuestionamiento es uno de los debates centrales de la educación contemporánea, incluso de los más antiguos de la Humanidad (¿Recuerdan las polémicas en torno a los sofistas cuya definición evoluciona de sabio a ingenioso hasta –a decir de Píndaro- charlatán?). Esto lleva a la profesora de Filosofía Poly Martínez a afirmar “…cuando supe la noticia [la intervención de Manolo] me puse a pensar, aunque el  cuestionamiento no es nuevo. Al contrario, es casi tan viejo como la disciplina de la que duda” (El filósofo de Cartagena, Semana Virtual, 2016/11/07).

Es decir, el Alcalde de Cartagena ha planteado un debate que siempre ha estado vigente. Y que se ha actualizado en países como España, Chile, México, por no decir Estados Unidos e Inglaterra, en donde se han hecho cambios drásticos en las llamadas ciencias blandas o ciencias del arte. En ninguno de esos países, nadie ha sido tan insensato de desconocer la trascendencia de la Filosofía en el desarrollo de la Humanidad. Ni muchos le desconoce su condición matricial de las demás ciencias. Tampoco el alcalde Manolo Duque ha desconocido esa repercusión.

Lo de Manolo Duque, entendiendo el principio de pertinencia de los saberes, consiste en preguntar acerca de la Filosofía que deben aprender unos jóvenes de los barrios de Cartagena, desconfiados del sistema y de la sociedad, excluidos de las políticas de Estado, segregados de la ciudad y olvidados por todos. En otras palabras, preguntarse qué, cómo y para qué enseñar la Filosofía en las aulas a unos niños y a unos jóvenes que se levantan motivados para ir a la escuela, sólo porque allí, en el comedor de su institución, habrán de encontrar el único alimento posible de ese día.

En esas circunstancias, a esos jóvenes que se juegan la supervivencia inmediata más que el futuro lejano, les parece más útil lo que les enseña el profesor de Metalmecánica en el Nodo Industrial, que los diálogos platónicos (¿En verdad, los Diálogos se leen en las escuelas o un profesor “les habla” a los jóvenes de Platón a manera de historia? ¿No se está enseñando Historia de la Filosofía en lugar de Filosofía?); les parecen más pertinente las clases de Mesa y Bar en el Nodo de Turismo que las propiedades químicas del benceno. En tales casos, muchos de esos jóvenes prefieren un saber técnico que les permita acceder a un empleo rápido una vez salgan de la escuela, que formularse un proyecto universitario. No se trata de excluir la Filosofía (o la Química Orgánica) del currículo académico, sino de convertirla en un espacio en donde ellos comprendan que, más allá de la inequidad social, solamente en la educación pueden encontrar la opción de hacerse mejores ciudadanos y seres humanos integrales.

Sobre lo anterior, el gobierno de Manolo Duque no está improvisando. Si se mira el Plan de Desarrollo “Primero la Gente 2016 – 2019”, se encuentra un total reconocimiento a las Ciencias Humanas y Sociales. Por primera vez en la ciudad (y creo que en el país) un gobierno local propone un modelo educativo propio que responde a la realidad y al contexto de Cartagena. A su exclusión histórica y a la complejidad del entorno. Esta ciudad tan desigual no puede asumir modelos educativos importados (Finlandia, Singapur, Canadá…) que funcionan en países con los problemas sociales resueltos, en donde los niños y jóvenes van a las aulas con la motivación de aprender y no pensando que allí encontrarán la única comida del día. Países en donde los niños y los profesores pueden llegar a las escuelas en los automóviles propios o en las rutas escolares garantizadas; y no como en Cartagena, en donde el acceso se convierte en una suerte de azar, por los peligros que generan la inseguridad, la delincuencia común y las fronteras invisibles.

En el programa educativo del Plan de Desarrollo, propuesto por el alcalde Manolo Duque y aprobado por el Concejo Distrital, se creó el Nodo Socio-Humanístico, en el cual los jóvenes –en los procesos de formación complementaria o de profundización- pueden desarrollar las habilidades y talentos que abundan en una ciudad como Cartagena. Talentos artísticos (literatura, música, danzas, pintura, escultura, etc.), deportivos (béisbol, boxeo, fútbol, patinaje, etc.), así como las preocupaciones en ecología, ciencias sociales, historia y –léase bien- filosofía.

A lo anterior, se suma que uno de los componentes del modelo educativo aprobado en el Plan de Desarrollo (además de la Educación Académica y la Educación para el cuerpo y el sentido socio – humanístico) es la Educación Formativa, cuyo eje es la construcción del ser a través de las inteligencias interpersonal e intrapersonal (¿acaso la inteligencia intrapersonal no es una reformulación de la máxima socrática “Conócete a ti mismo?). En otras palabras, ningún gobierno en la historia local –y puede que en la nacional- había elevado a política pública la entronización de las humanidades y las ciencias sociales como soportes de una educación con calidad y con propósitos incluyentes.

Pero también, en el modelo educativo de Cartagena se propone una formación que aproveche las vocaciones productivas de la ciudad. Así, junto al Nodo Socio – Humanístico se fortalecen los nodos que ya existían en nuestras escuelas: Turismo, Logístico y Portuario, Petroquímico, Agroindustrial y Telemática. Con ello, se pretende responder a las inquietudes de nuestros jóvenes y se articulan con las necesidades laborales de Cartagena, cuyo empleo se caracteriza por la informalidad y la poca calidad.

Es en este contexto en donde se comprende las palabras del alcalde Manolo Duque sobre la Filosofía. Su declaración se enmarca en la política social del Gobierno “Primero la Gente”, en la que el Distrito debe darles respuesta a las urgencias de los ciudadanos, para impedir que sigan los indicadores sociales negativos como el desempleo y la delincuencia. En Cartagena, más que en otras ciudades del país o del mundo, el Gobierno debe resolver los problemas desde dos frentes: lo urgente y lo planificado; el inclemente día a día y la visión de largo plazo.

Estas formulaciones surgen de la interacción de Manolo Duque con el núcleo de su gobierno: la Gente. Del diálogo permanente con las comunidades, mucho antes de pensar –siquiera- en aspirar a la Alcaldía Mayor. En esas interacciones, se conocieron las necesidades y surgieron las propuestas de su campaña, elevadas a ejes y programas en el Plan de Desarrollo. Este no es, por tanto, un catálogo surgido de la nada, discutido en cocteles y craneado por eruditos. Es, desde nuestra perspectiva, el Plan de Desarrollo Distrital que mayor participación ha tenido de las comunidades que se benefician de él. Y eso solo podía ser posible en un Gobierno cuyas cabezas más visibles provienen de esas comunidades pobres y excluidas que caracterizan a Cartagena.

En síntesis, la pregunta del alcalde Manolo Duque sobre la utilidad de la Filosofía tiene una trascendencia histórica que hunde sus raíces en la génesis misma de la disciplina. Como tal, merece un debate abierto y con altura, pues comporta el destino de los jóvenes de una ciudad tan inequitativa como Cartagena. Las respuestas que deben darse a ella deben ir más allá de los calificativos infamantes que se han recibido de algunos sectores de la academia.

Así se recibieron, por ejemplo, de un reconocido filósofo de la Universidad Nacional, para quien las frases del alcalde Manolo Duque, constituyen “una estupidez”. También para eso sirve la Filosofía: para controvertir desde la tolerancia y la argumentación. Desde el respeto para quien piensa distinto. No desde la descalificación, no desde la impostura intelectual; no desde la arrogancia del letrado. Mucho menos, cuando las frases peyorativas provienen de alguien que, desde hace muchos años, intenta validar –en las aulas universitarias y los foros académicos- la importancia de la Filosofía en un país tan complejo como Colombia.