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El balance de la paz – Opinión de Horacio Cárcamo Álvarez

Por Horacio Cárcamo A (Especial para Revista Zetta).- Por primera vez en más de cinco décadas los ciudadanos participamos en unas elecciones presidenciales  sin escuchar el tableteo de los fusiles. En esta ocasión no fue la otrora y vetusta guerrilla armada de la Farc quien definió el triunfo de alguno de los candidatos en contienda, bien por los sufrimientos padecidos en la sociedad por sus excesos, o por el temor de que alguno de los opcionado a la silla de los presidentes fuese entusiasta de la idea de dar por terminada la mesa en la que se cocinaba el acuerdo de paz.

Ante una oferta variopinta con propuestas de todos los matices ideológicos los colombianos pudieron resolverse por la extrema derecha, el centro del espectro político o la izquierda democrática. Esta vez  la decisión se determinó en el mapa mental de las ideologías y en el desarrollo, y simpatías sobre temas que moldean la utopía del destino de la sociedad que deseamos para las próximas generaciones.

El olor a sangre, los titulares de guerra y el ruido de fusiles que convirtieron la guerra en parte del paisaje cotidiano no nos habían  permitido caer en la cuenta que gracias a ese imperfecto acuerdo de paz suscrito con la guerrilla más antigua de América disminuyeron los homicidios en más de tres mil casos. Un informe del Hospital  Militar señala que la cifra de soldados heridos en combate bajo en un 97%. Que entre 2011 a 2017 se atendieron 424 heridos, y para el momento solo atiende medicamente a un uniformado.

Además se redujeron los secuestros, que llegaron a 3000 a finales de los 90, y que según lo indica en su informe, “Como va la Paz”, de Unión por la Paz y fundación Paz y Reconciliación, en el año 2017 fueron 180;  también disminuyeron las minas antipersona sustancialmente, de 1200 en el 2006 a 56 en el 2017, y el número de municipios con violencia de 242 a 74.

A quienes no les ha gusta la salida negociada con la farc con el juicio de una supuesta impunidad, que no existe, tienen que entender, como lo declaraba Alfredo Rangel cuando no era del Centro Democrático y pensaba y escribía de otra forma, que a esta negociación se llegó al no haber podido el Estado ganar la guerra y la guerrilla haberla perdido.

El acuerdo de Paz facilito evidenciar en el debate otros temas aplazados por el “toque de diana”; algunos todavía tabúes, a pesar de estar contemplados en la Constitución Política del 91, como el de la función social de la propiedad, los derechos de las minorías, el libre desarrollo de la personalidad, la libertad de cultos y el concepto de familia. Tanto es así que a un candidato le condicionaron respaldos al compromiso de no hacer expropiaciones en un eventual gobierno que presidiera; es decir, a no aplicar la Constitución Política, que no obstante, de  respetar el derecho  a la propiedad privada como un derecho humano, lo condiciona al interés superior, susceptible de afectarse con la expropiación judicial o administrativa  previa sentencia judicial e indemnización.

Con tantos ataques al acuerdo, que dividió al país casi en dos mitades, la del no y la del sí, pareciera que poca importancia tienen la vida de soldados e insurgentes, que gozan de algo en común: ser hijos de obreros y campesinos pobres, las víctimas civiles de la Colombia profunda y las grandes reformas pendientes para achicar la brecha de las diferencias económicas y cubrir el déficit de justicia y equidad. La paz mayor, la de la igualdad material en el ejercicio de los derechos fundamentales no la da Dios, como quieren hacer creer algunos devotos religiosos. Si así fuera entonces las guerras también provendría de él, como en las cruzadas impulsadas por la Europa Latina Cristiana. La paz se logra con sociedades resueltas a renovar el contrato social e impulsar políticamente el péndulo democrático entre los extremos  y el centro libérrimamente sin miedos y terror preconcebidos.

Las oligarquías ponen a los pobres  hacer la guerra en su nombre y les empobrecen más. A cambio le dan subsidios, reconocimientos de héroes y el Esmad cuando la indignación los impulsa recuperar la calle para la protesta social.

Junio, 4 de 2018